Los Altares nos salvan de la pesadilla del vacío, nos libran de las sombras, de los espacios negros, sin embargo el vacío es siempre una constante que nunca desaparece.

En una casa, es natural destacar los objetos ornamentales para que sean lo primero que nos dé la bienvenida. Se podría decir que la gente termina ocultando sus temores dentro de personajes petrificados que colman los espacios.

Junishiro Tanizaki en el “Elogio de la sombra” destaca la belleza del vacío y la oscuridad dentro de diferentes ámbitos, entre ellos, el cotidiano. El autor describe cómo, en oriente, los objetos están pensados para convivir en la sombra, en lugares donde se forman amplios espacios negros donde el vacío es respetado, e incluso, venerado.

En occidente, por el contrario, es constante la preocupación por iluminar y destacar todo, existe la necesidad de que todo sea mostrado. Nuestro bienestar radica en mantenernos alejados de la sombra y para ello contamos con la presencia de una diversidad de objetos decorativos cuya funcionalidad radica en endulzar la vista.

Los adornos y las figuras decorativas se convierten pues, en imágenes indispensables en los hogares, ayudando a llenar los vacíos en el espacio. Les atribuimos la mejor posición, aquella que los destaca y los mitifica.

Los Altares se transforman en soportes donde reposan objetos huecos, que esconden el vacío de sus cuerpos, mostrando sus corazas de reluciente porcelana y cerámica. Sacan a la luz formas, brillos y colores para tapar el hueco más temido, el de una casa vacía.